lunes, 4 de febrero de 2013

De una mierda y su verdadera historia Capítulo VII (El desenlace final)


DE UNA MIERDA Y SU VERDADERA HISTORIA QUE, POR UN QUERER, HABÍA QUE DEVOLVER

CAPITULO VII El desenlace final

Hasta aquí, los hechos narrados nos muestran una serie de acontecimientos que se sucedieron partiendo de una hermosa relación entre dos jóvenes, y esta bella historia de amor podía haber tenido un futuro prometedor, de no haber sido por un repugnante y doloroso grano en el culo. Y, llegado este punto, es de rigor recordar que aquí el que sufrió más fué el señorito Ildefonso, tanto por el desplante de su amada, como por el tiempo que llevaba el desgraciado muchacho con el ano encogido, dolorido y estriñido. Porque desde los tiempos remotos hasta el presente siglo, si una almorrana te jode la existencia, también te jode no cagar, y más aún te jode no joder, valga la redundancia.
El protagonista de nuestra historia pasó del amor, impotente, al dolor, impotente también, y luego, encima, fue repudiado y lo echaron como un perro sarnoso del seno familiar, señalado con el dedo por todos y marcado para siempre con el cartel de: “sarasa, marica, afeminado, julandrón”, etc, y todos los calificativos al gusto y de mal gusto. Y, para colmo de sus males, pasó del estreñimiento a la cagalera constante, por culpa de una medicina, que no era otra cosa más que un brebaje de hierbas laxantes para caballos, que preparó un boticario maquinador y más asqueroso que el propio grano en cuestión.
Vagó por los campos durante días y noches, y a cada paso que daba se cagaba vivo. No se atrevía ni a toser. Pero Ildefonso llegó a acostumbrarse, y halló la manera de contener sus cagaleras. Se dio cuenta de que, cantando, se le pasaba un rato la cagueta y notaba cierto alivio y descanso en sus revueltas tripas. En un camino, encontró un panfleto que anunciaba la llegada de unos trovadores al pueblo vecino donde se encontraba .
Había oído hablar de los trovadores, aunque no los había visto nunca en persona. En cierta ocasión, su abuela le contó que, siendo una moza, conoció a un juglar y se enamoró de él, debía de ser su abuelo.

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Ildefonso acudió al pueblo vecino para ver a los trovadores…y quedó prendado de aquellos seres. Le encandiló su música, su arte en el manejo de los instrumentos, y, sobretodo, las letras de las canciones que entonaban, pues eran historias como la vida misma, contadas al son de bellas melodías. Y lo que más le atrajo fue que aquellos artistas, aún siendo personas pintorescas, ataviadas con sus coloridas y peculiares ropas, distintas a la gente normal, nómadas sin hogar fijo, que iban de un lado a otro con sus romances, siempre eran bien recibidos, admirados y aplaudidos por las gentes del lugar. Y lo tuvo claro desde el primer momento: convertirse en trovador. Se hizo con una bandurria y se unió a la trova. Como no tocaba mal la bandurria, debido a sus estudios musicales, y cantaba con cierta gracia y donaire, los trovadores le aceptaron en seguida y le dejaron unirse a ellos.
Un día duró. No más.
Ildefonso cantaba bien, tocaba la bandurria con maestría, y tenía mucha imaginación a la hora de componer coplas y romances…se podía decir que era un artista pero…todo ésto no fué suficiente para que los demás trovadores soportaran un día más sus cagaleras. El pobre muchacho seguía yéndose de bareta a todas horas, allá donde íba. Tan sólo paraba mientras estaba cantando, pero al acabar la canción, sus tripas se desbordaban. El olor repugnante se propagaba de inmediato, la media era de unas diecisiete diarreas por día y, claro, los trovadores le echaron del grupo y le dijeron que se fuera a cantar por su cuenta, que volviera cuando se le pasara. Así pues, Ildefonso se convirtió en un trovador solitario, que cantaba al ritmo que cagaba. No tardó en hacerse famoso y popular y, según la región o comarca, se le conocía como: “El trovador descompuesto”, o “El juglar de la cagueta”, o también “El romance hecho colitis”.
Ildefonso era esperado y su llegada a los pueblos se anunciaba y se aguardaba con interés, la gente aplaudía al oírle cantar, pero nada más terminar se largaban a toda prisa, con lo cual, el pobre nunca recogía beneficios. Pero a él no le importaba, él era feliz con su nueva vida. Solamente le entristecía el recuerdo de su amada María Julandrona, la nostalgia y la pena le invadían cuando la imagen de la muchacha aparecía en su memoria, pero en secreto albergaba la ilusión de que algún día volvería a sus brazos. La esperanza de ver cumplido aquel sueño, le daba inspiración para componer hermosas letras, que interpretaba a la bandurria con toda su alma. Uno de sus romances se hizo muy popular, y decía:

“María Julandrona de mis amores
causa de mis penas y apretones…
Jamás amé tanto a una mujer
pero el grano no me dejaba de doler…
Esa muchacha bella y lozana
me abandonó, sin saber
que tenía una almorrana.
Sé que me habrá de querer
el día de mañana
cuando deje de crecer
el furúnculo maldito
ella querrá volver
a nuestro amor infinito.”

El hijo de los Peláez de Orduña fue un reconocido trovador, y muchos de sus romances cantados se hicieron célebres en aquella época, sin embargo, todos quedaron en el olvido, a excepción de uno, como ya anunciamos al inicio de esta historia, y he aquí cómo sucedió:
Tras varios meses de peregrinaje por andurriales y caminos de Dios, canta que te canta, bandurria en ristre, caga que te caga, el grano pareció menguar. Ildefonso creyó llegado el momento de regresar a su pueblo en busca de su prometida. Total, porque en un día sólo había tenido cuatro o cinco cagaleras, de las diecisiete que normalmente tenía. En su fuero interno, el deseo de volver a los brazos de su amada María Julandrona, le hizo pensar que sería capaz de recuperarla. Él estaba seguro de que ella jamás había dejado de quererle. Y allá que fue.
Tardó dos días en llegar a su pueblo, claro, íba en el coche de San Fernando: “un rato a pie-un rato andando”, pero llegó. Y se plantó en la puerta de la casa de su prometida. Con una mano sostenía la bandurria, y con la otra llamó con la aldaba. Un fornido mozarrón acudió a abrirle, y le preguntó quién era y a qué se debía su visita.
-Ildefonso Peláez de Orduña, me llamo- respondió él- y deseo ver a la hija del conde, si es menester.
-¿A María Julandra?- dijo el mozo.
-María Julandrona, perdone, es su nombre.-corrigió Ildefonso.
-¿Y a qué se debe su visita, si puede saberse?
-Quisiera hablar con mi prometida en privado, si no le importa, ¿puede llamarla, por favor? Dígale que su Ildefonso ha vuelto para recuperar su amor.
-¡Ah, ya comprendo!-exclamó el mozo,y, acto seguido, la llamó diciéndole a gritos:- ¡Maríaaaa….baja, mujer, que tiés visita!
-¿Y quién es?- se la oyó a ella preguntar.
-No sé, uno que dice que eres su prometida, debe de ser uno de tus querindongos, dice que viene a recuperar no sé que…ánda, baja de una vez y mándalo a hacer puñetas!
-¡Vooooy!- gritó la muchacha.
Se oyeron sus pasos, bajando la escalera. Antes de que apareciera en la entrada, se la oía decir:
-¿Quién será el pesado que viene a estas horas? Con lo a gusto que estábamos, cariño, ahora me tengo que vestir otra vez! ¿por qué no le has dicho que se largue con viento fresco?
Y, cuando apareció María Julandrona, Ildefonso casi se desmaya al verla, medio desnuda, colocándose el refajo y la blusa. Luego se fijó en el cinturón desabrochado de los pantalones del mozo. Entonces lo entendió todo. Tragó saliva…ella también. Se miraron largamente. En ese instante, el señorito Ildefonso tuvo la certeza de que aquella mujer no le amaba, ni le amó jamás, y, al mismo tiempo, empezó a notar una sensación muy familiar en sus tripas. Le cerraron de un portazo en las narices, y, mientras aún podía escuchar las voces del mozarrón diciendo:
-Anda, guarrona, sube pal cuarto y quítate el refajo que te viá dar lo tuyo…
Ildefonso se llevó una mano al calzón y otra a las cuerdas de la bandurria…y empezó a tocar. Y empezó a cagar.
Sonó la melodía y el tufo de la mierda lo invadió todo, pero se escuchó la voz del trovador:

“En tu puerta me cagué
creyendo que me querías,
y ahora que ya no me quieres
dáme la cagá que es mía.”


Nadie le abrió, nadie le devolvió el furullo, aunque,eso sí, lo recogieron, concretamente María Julandrona, que lo guardó celosamente durante toda su vida en un tarro de cristal, y, a pesar de que Ildefonso no logró recuperar a su amada, esta canción dio más vueltas que un tiovivo, recorrió la geografía entera,   provincia a provincia, pueblo a pueblo, de una aldea a otra pasó de boca en boca y fue cantada y tarareada hasta nuestros días, como ya sabemos. 

* * * FIN * * *

Notas adicionales de interés acerca de los protagonistas:

María Julandrona: Se quedó solterona, con siete hijos de diferentes padres, y se tiró a todos los varones de la comarca, incluido el boticario, que le puso un piso en Ajofrín. Murió a los ochenta y dos años con cataratas.
Ildefonso: Continuó su carrera de trovador, formando la Trova Almorranera, y murió en un camino de cabras a los setenta y tres años, de un pedo que se le atravesó.
Don Diego Peláez: El terrateniente jamás volvió a ver a su hijo y se arruinó por las habladurías, su mujer le abandonó y el trabuco del abuelo acabó con su vida a los noventa y un años.
Don Eleuterio Cifuentes: El boticario, vicioso donde los haya, acabó convirtiendo la botica en una casa de citas y tuvo un lío con el alcalde. Salió del armario poco antes de morir de gonorrea, al confesar al cura que le dio la extremaución que le gustaban los hombres.

El grano: Como toda almorrana que se precie y no se trate debidamente, creció y creció en el ano de su propietario, Ildefonso, hasta el fin de sus días. Reventó en el nicho y dieron buena cuenta de ella los gusanos.

*    *    *
Estrella Cabrera Z. 2010
Todos los derechos reservados



De una mierda y su verdadera historia Capítulo VI


DE UNA MIERDA Y SU VERDADERA HISTORIA QUE, POR UN QUERER, HABÍA QUE DEVOLVER
Capítulo VI

-¿Bujarrón…dices…?¿Mi Ildefonso bujarrón?
-Como lo oyes.
-¿Estás diciendo que tengo un hijo afeminado?
-Afeminado es poco…yo diría que es más marica que un palomo cojo.
-¡Virgen Santa! ¡Un hijo amariconado! Es lo peor que me podía pasar, a mí como padre, y a mi familia entera…
Dos hombres mantenían una conversación privada en el despacho de uno de ellos. Eran don Eleuterio Cifuentes, el boticario, y don Diego Peláez de Orduña, padre de Ildefonso. A primera hora de la mañana, el boticario solicitó una visita con el terrateniente, alegando que se trataba de un asunto personal urgente. Dado que ambos eran amigos de la infancia, don Diego le atendió de inmediato en las dependencias privadas de su finca de Los Almorraneros. Y una vez, allí, sentados, y a puerta cerrada, don Eleuterio le desveló el secreto de su hijo Ildefonso.
El poderoso terrateniente estaba pálido y nervioso. Empezó a pasear de un extremo a otro de la estancia como una fiera enjaulada. No podía dar crédito a lo que sus oídos acababan de escuchar.
-Pero…¿tú…estás seguro de cuanto dices, Eleuterio?
-En mi vida lo estuve tanto, Diego, amigo mío, he podido ver en primera instancia las pruebas que lo confirman, y no me cabe la menor duda: tu hijo es maricón-maricón.
-¡Calla, por Dios! Cada vez que lo repites siento como una punzada en el corazón- don Diego se llevó una mano al pecho. Luego, acercándose a una de las paredes del despacho, se detuvo, contemplando uno de los cuadros colgados. Era un lienzo, pintado al óleo, con el retrato de Ildefonso, de cuando el chico cumplió la mayoría de edad.
-¿Cómo no me dí cuenta antes? Un hijo sarasa, no me cabe en la cabeza, no puedo creer que a mi Ildefonso le guste arrimar el ciruelo a los de su misma condición.
-Pues ya lo creo que le gusta, y por el tamaño de esa almorrana nauseabunda que crece en su ano, no sólo le gusta sino que fornica con gran asiuidad con otros maricones de la comarca.
-Ahora lo entiendo todo, cuando me propuso hacerse cargo él personalmente de las tierras y la cooperativa agrícola… el muy vicioso…allí lo que hay son hombres curtidos, empleados, campesinos y mozos de labranza fornidos, y yo… sin saberlo, le dejé que se encargara de supervisar,¡ y vaya sí supervisaba!
-Sabe Dios la cantidad de querindongos que habrá tenido haciéndose cargo de tales menesteres, y, claro está, siendo el hijo del dueño, se habrá pasado por la piedra a todo aquél que le haya venido en gana.
-Qué asco me está dando sólo de pensarlo, amigo Eleuterio, sin embargo, hay algo que no acabo de comprender…¿qué me dices de su prometida, la hija del conde de Aros? Llevaban bastante tiempo de relación, y se les veía tan enamorados…
-¡Pamplinas! Esa muchacha no era más que una perfecta cohartada para no dar lugar a habladurías, oh,sí, en efecto, mantenían una relación aparentemente normal y propia de una pareja de enamorados, pero…
-Pero,¿qué?,¿qué más sabes al respecto?- el terrateniente escudriñó con la mirada el semblante tranquilo del boticario.
-Bueno, querido Diego, de todos es sabido que tu Ildefonso no cumplía con su amada en las artes amorosas.
-¿Qué quieres decir?
-Ejem…no quisiera inmiscuirme en asuntos que no me conciernen…
-¡Pues ya estás inmiscuido hasta el cuello!-exclamó don Diego, enojado-y lo que sí te concierne es contármelo “todo”,¿me oyes’, además es tu obligación como viejo amigo no guardarme secreto alguno.¿Qué has querido decir con que “no cumplía”?
-Me refiero a que tu hijo y su prometida se veían todas las tardes en el pajar, como cualquier pareja de enamorados…pero no pasaban del besuqueo y del mero toqueteo…la muchacha empezó a impacientarse, no es ningún secreto que la hija del conde es algo ligerita de cascos, vamos, una pelandrusca de armas tomar, así que corrió el rumor de que tu Ildefonso no era capaz de satisfacerla, ya me entiendes…
-No, no te entiendo, ¿estás diciendo que la gente andaba rumoreando por ahí poniendo en entredicho la hombría de mi Ildefonso?
-Más o menos, por lo visto, llegado el momento más ardiente del revolcón, él no lograba culminar la faena y esto acabó con la paciencia de su amada, que lo mandó a freír espárragos en menos que canta un gallo. ¿Es que no lo ves? ¡Ahí tienes una prueba más de que tu Ildefonso es un torcido y que antes que una almeja prefiere un buen nabo!
El terrateniente se derrumbó, dejándose caer sobre el sillón de terciopelo rojo. No cabía duda, su Ildefonso era un pedazo de julandrón. Quería morirse, pero decidió matarlo a él antes que enfrentarse al qué dirán .
-Yo lo mato, lo mato, te juro que lo mato! Lo despellejo y le corto a rebanadas el cipote!
-Oh, vamos, Diego, cálmate y recapacita con serenidad. ¿Cómo vas a matar a tu propio hijo, insensato? ¿Acaso quieres matar también de pena a tu querida esposa, y, de paso, acabar con tus huesos en la cárcel?
-Y qué voy a hacer, ¿ser el hazmerreír de la comarca?, todo mi imperio está en juego, mis negocios se irán al carajo, los comerciantes me señalarán con el dedo y no querrán hacer tratos con un hombre que no ha sido capaz de educar a un hijo como Dios manda, mi familia…
-Calla y escúchame- le detuvo el boticario-, hay otras opciones, no es necesario rasgarse las vestiduras, puedes enviar a tu hijo a hacer puñetas, como hizo su prometida, puedes renegar de él y mandarlo fuera del pueblo y de la comarca. En tu mano está tomar la decisión correcta.
-Sí, eso haré …le repudiaré, le desheredaré ipso facto, y haré que se aleje de esta casa, de esta familia, y de esta provincia si es preciso.
Don Diego ya estaba más calmado. Mandó llamar a su secretario para ordenarle que iniciara los trámites de papeleo para eliminar todos los documentos habidos y por haber en los que figurara el nombre de su hijo. Don Eleuterio sonreía, más que satisfecho, ahora ya estaba dado el primer paso, el siguiente sería continuar corriendo la voz por todo el pueblo.
Aquél fue un día muy agitado para los Almorraneros de Orduña. El terrateniente ordenó a un sirviente que fuera a buscar a Ildefonso, pero éste no se hallaba en su dormitorio. Un jardinero de la finca lo encontró detrás del seto, donde el muchacho se había quedado dormido al amanecer, exhausto, después de haber cagado con tal desmesura. Roncaba plácidamente sobre un lecho de mierda cuando el sirviente llegó a despertarle. Le entregó un fardo con unas pocas pertenencias y le dijo:
-Señorito, me manda su padre a decirle que salga sin tardanza de la propiedad y no aparezca más por aquí, tenga usted, ésto es todo lo que me han ordenado que le entregue.
-¿Qué significa que salga de la propiedad?-preguntó Ildefonso, incrédulo.
-Que se vaya, señorito, por orden de su padre, que desaparezca y no vuelva más por aquí.
-Esto es una locura, mi padre no puede haber ordenado semejante majadería!
-Mire que lo siento,señorito,y que no es plato de buen gusto cumplir el mandato, pero son órdenes del cacique, ah!, y además ha dicho que si pone usted impedimento alguno, él mismo se encargará de volarle el trasero, de hecho hace poco más de media hora mandó limpiar el trabuco de su abuelo. También ha dejado claro que no quiere verle ni en pintura, y éstas fueron sus palabras: “que vaya usted a tomar por culo, que al fin y al cabo, es lo que le gusta.”
Y, una vez entregado el bulto con las pertenencias, el criado se escabulló rápidamente para no tener que dar más explicaciones.
Ildefonso no estaba seguro de que aquello estuviera pasando, quizá… pensó, aún dormía y todo era un sueño. El jardinero, que lo había oído todo, se encontraba unos metros más allá, cavando una zanja. El muchacho se acercó hasta él y le interrogó con la mirada.
-A mí no me pregunte, señorito, que yo no sé más de lo que sabe usted, pero lo que sí le digo es una cosa: conozco muy bien a su padre y cómo las gasta, yo de usted saldría de la finca cagando leches, no sea cosa que…bueno, lo de cagando es un decir, ya veo que en eso va sobrado, se ha
ido por la pata abajo esta noche,¿eh?... ahí, entre los matojos…en la vida he visto tanta cagalera junta salida de un mismo culo, perdone que se lo diga…
-Nemesio, te lo ruego- murmuró Ildefonso- por lo que más quieras, díme que no es verdad, que mi padre no…
-Lo único que le digo es que su padre está furioso, parecía haberse vuelto loco esta mañana, no dejaba de gritar y vociferar jurando que iba a matarle a usted por maricón, yo, más, no sé. Ahora vaya para el establo, le llevaré un cubo con agua para que se limpie y quítese esa ropa apestosa, que la mierda de vaca huele mejor que usted, por Dios.
Y así fue como Ildefonso Peláez tuvo que abandonar su hogar, su familia, sin despedirse, a escondidas, como un vil ladrón, y sin apenas lograr comprender el motivo , tan sólo intuyendo que algo extraño sobre su persona había llegado a oídos de su padre y causado tal repentino repudio.

Continuará…

De una mierda y su verdadera historia Capítulo V


DE UNA MIERDA Y SU VERDADERA HISTORIA QUE, POR UN QUERER, HABÍA QUE DEVOLVER

Capítulo V


-Don Eleuterio…- dijo Ildefonso, una vez que logró incorporarse-…¿qué…me ha pasado?,¿qué hago aquí, en su tienda, y…por qué me duele tanto la cabeza?
-Tranquilo, muchacho, estás en buenas manos- respondió el boticario.
-Pero… ¿qué hacía tirado en el suelo?
-Sufriste un mareo, eso es todo, probablemente debido a tu problema…de “evacuar”, ya me comprendes. Llegaste pálido y enfermizo, a pedirme consejo, después de haber discutido con tu novia, luego perdiste el conocimiento y caíste al suelo.
-Y ¿cuánto tiempo he estado sin conocimiento?
-Oh, bueno, tan sólo un minuto, es algo frecuente en personas que sufren algún tipo de alteración en las funciones propias del intestino, ya sea extreñimiento o cualquier otra anomalía similar.
Ildefonso se quedó callado, tratando de hacer recuento de los últimos acontecimientos vividos aquella tarde. Lo único que pudo recordar fue la discusión con María Julandrona, pero después de aquello, no logró recordar nada más con claridad. Por eso no entendió demasiado al boticario cuando habló de mareos, intestinos y extreñimiento. Don Eleuterio adivinó la duda y perplejidad en su mirada y le aclaró la situación, a su manera, claro está.
-Mi querido Ildefonso, sé muy bien qué es lo que te ocurre, y no debes preocuparte más por ello, ahora que soy conocedor de tu padecimiento, has de saber que  tu dolencia tiene los días contados…y, he aquí el remedio.
Al decir esto, alargó las manos mostrándole el tarro de cristal en cuyo interior podía apreciarse un líquido turbio y de color marrón verdoso oscuro.
-Y eso…¿qué es?- preguntó Ildefonso.
-El remedio a tus males.- respondió el boticario.
-¿Mis males...?
-Vamos, muchacho, ¿acaso no recuerdas que viniste a pedirme consejo, poco antes de caer desvanecido?
-No, don Eleuterio, no recuerdo nada de eso…
-No importa, la cuestión es…que tu sufrimiento se debe a algo tan simple y común como una almorrana. Ignoro cuánto tiempo llevas padeciendo a causa de ese grano infecto en tus santas partes, pero puedes estar seguro de una cosa: tus avatares con María Julandrona se deben en gran parte al problema en cuestión, y si no le ponemos remedio inmediato, ya puedes ir olvidándote de tu amada para siempre, eso sin contar que tu salud está en juego, a la par.
-¿Entonces…ha visto usted mi…?
Don Eleuterio afirmó con la cabeza.
Ildefonso enrojeció al instante, y tragó saliva.
-Muchacho…-dijo, en tono compasivo- no debes avergonzarte!¡Por el amor de Dios!, ¿quién no ha tenido alguna vez en su vida un grano en el culo?
Ildefonso le escuchaba atentamente, sin pronunciar palabra.
-He visto tu grano en el culo, y, en honor a la verdad, jamás vi uno tan grande como el tuyo, cierto, sin embargo, puedo asegurarte que los he visto mucho más asquerosos y repugnantes, y algunos de imposible curación.
-Pero, el mío…¿la tiene?, es enorme…
El boticario sonrió, intentando aparentar ternura.
-Aquí la tienes, muchacho. En este frasco se encuentra el conlivio que hará desaparecer esa inmunda almorrana y que te devolverá la sana y placentera costumbre de cagar como un hombre de bien.
-Don Eleuterio, yo…bien sabe Dios que tomaré la medicina y que le estaré eternamente agradecido cuando me libre del maldito grano, pero…no quisiera que nadie…
-Ya sé, ya sé lo que vas a decirme: temes que alguien pudiera  enterarse,¿no es eso?
-Sí, yo…verá…
-Pierde cuidado, que nadie más sabrá de este asunto, me pregunto por qué no viniste antes a pedirme remedio, teniendo en cuenta que, por las dimensiones del infecto grano, debías estar padeciendo desde hace mucho.
-Bastante, la verdad, si lo hubiera sabido…
-Bueno, poco importa ya lo pasado, ahora escúchame con atención: debes tomar una cucharada de este preparado, tres veces al día, durante una semana, la almorrana irá menguando y, al mismo tiempo, notarás la necesidad de evacuar, pero hazlo con cautela y recato…
-¿Significa eso que podré cagar por fin?
-En efecto, pero ten prudencia en tus apreturas, no vaya a ser que el grano reviente antes de menguar lo suficiente.
-Vamos, quiere decir que cague poco a poco,¿no?
-Sí, más o menos, y ahora vete que ya es tarde y he de cerrar la botica.
Ildefonso se despidió del boticario y se dirigió hacia la puerta, llevándose el tarro con el medicamento. Le dio las gracias una y otra vez, y quedaron en el pago de la receta para el día siguiente.
Cuando el hijo de los Peláez de Orduña arribó a su casa, lo primero que hizo fue encerrarse en su habitación para tomar su primera dosis de la medicina y luego guardar el tarro  a buen recaudo. No estaba dispuesto a permitir que nadie más supiera de aquel asunto, como tampoco estaba dispuesto a esperar una semana a solucionarlo. Por ello, y contrariamente a las indicaciones del boticario, en lugar de tomar una cucharada, decidió beberse casi la mitad del contenido del frasco. No podía ser tan malo, al fin y al cabo, pensó, y  con lo que ya había sufrido, no podía ser peor. Pidió que le sirvieran la cena en su habitación, y un criado se la llevó al cabo de media hora. Ildefonso estaba hambriento, nunca había sentido tanto apetito, se zampó una cazuela entera de estofado de cordero, dos platos de sopa de ajo, media docena de chorizos fritos, tres morcillas de cebolla con patatas asadas y aún le quedó sitio en el estómago para engullir una bandeja repleta de torrijas. Luego se acostó, pensando en su querida María Julandrona, contento y feliz de imaginar que ella volvería a sus brazos al fin. Tan sólo era cuestión de tiempo, una semana, o tal vez menos, y su problema, una vez resuelto, ya no sería impedimento en su relación.
Soñó durante horas con su amada, con granos, boticarios y torrijas…y a medianoche, despertó  acalorado. Un olor extraño invadía la estancia. Sentado en la cama, encendió una vela…El hedor era insoportable. ¿Qué era aquello? Las sábanas de su lecho ya no eran blancas, sino de color marrón claro. Sintió cierta humedad viscosa en los calzones de dormir. No tardó en darse cuenta de que se había cagado por la pata abajo. Y en cantidades descomunales. Allí había más mierda, la suya, que en la porquera. Y olía tan mal que, por no vomitar, salió de la habitación a toda prisa. Eran las seis de la mañana, uno de los criados lo vió correr escaleras abajo y salir al patio.
Ildefonso, agazapado detrás de un seto, sin poder hacer otra cosa que permanecer allí, en cuclillas, contempló el amanecer, mientras cagaba desmesuradamente a chorro, feliz, a pesar de todo, dado el tiempo que llevaba sin experimentar aquel placer cotidiano.

Continuará… 

De una mierda y su verdadera historia Capítulo IV


DE UNA MIERDA Y SU VERDADERA HISTORIA QUE, POR UN QUERER, HABÍA QUE DEVOLVER

CAPITULO IV

Don Eleuterio era un hombre pulcro, escrupulosamente ordenado y metódico, calculador e incapaz de sentir la más mínima compasión por nadie, salvo aquel día, al ver cómo Ildefonso caía de bruces enclastándose la cara contra las baldosas de piedra. Se quedó de pie, contemplando el cuerpo inmóvil del muchacho, y oyendo su respiración entrecortada. Luego se dió media vuelta, apagó su pipa cuidadosamente, se sirvió una copita de vino y saboreó el trago tanto como aquel momento. Mientras Ildefonso roncaba allí tendido, se dedicó a preparar otro de sus remedios. Iba de un lado para otro, escogiendo en sus estantes y vitrinas, los ingredientes necesarios para confeccionar el brebaje.
Resultaba curioso a más no poder que, con lo sucio que era este hombre por dentro, fuera tan limpio y aseado, lo mismo que su botica, impecable, todo en su lugar, ni una mota de polvo, ese olor a alcohol desinfectante que invadía la tienda…y…en silencio…sus refinadas manos trabajaban y su podrida mente maquinaba. Mientras machacaba en el mortero unas hojas secas, disfrutaba imaginando a Ildefonso cagando por la pata abajo, una vez que hubiera tomado la medicina que estaba preparando.  Se podía decir que en aquellos momentos era el hombre más feliz del mundo, tan sólo podía perturbarle una cosa: que alguien entrara en la botica justo en aquel instante. Y…efectivamente, sonó la campanilla de la puerta. El boticario frunció el ceño, y siguió trabajando. Sonó de nuevo, y, acto seguido, alguien aporreaba el cristal de la entrada. Levantó la mirada y desde allí pudo ver a una mujer, llamándole:
-¡Don Eleuterio!,¿está usted ahí?
-Estúpida mujer-murmuró, entre dientes, reconociéndola.  Era la Frasca, la mujer del carnicero.  El cartelito que decía “Cerrado”, colgado en la puerta, de poco servía, pues la buena señora no sabía leer.
-¡Don Eleuterio! Abra, sé que está usté ahí, es urgente!-instó la Frasca, aporreando el cristal con su rechoncha mano. Finalmente, el boticario le abrió la puerta, a regañadientes. Tal era su enfado, que deseó ardientemente ponerle a la mujer una lavativa para vacas, hacerle un torniquete en la papada hasta amoratarla y meterle una sonda por la boca hasta el ano, en su opinión, se lo tenía merecido, por molestar a esas horas y romper su tranquilidad.
Pero como era un hombre educado y correcto, atendió a la mujer, sin perder la compostura.
-¿Qué te trae por aquí con tal desespero y premura, Frasca? ¿Acaso no ves que ya está cerrada la botica?
-¡Ay, don Eleuterio, perdóneme usté,! Pero es que ya fui a casa ´el doctó y nadie me abrió, me dijo el vecino que salió pá atender un parto en otro pueblo, y sabe Dios a qué hora volverá…
-¿Y a qué se debe tan supitaño modo de llamar y que tanto  te urge, mujer?
-Tiene usté que venir a casa! Se trata de mi marido, está muy mal.
-¡Y para qué había de ir a tu casa? Díme lo que le duele, yo le preparo la medicina correspondiente y se la lleva usted, y santas pascuas…a ver:¿dónde le duele?
-En el pecho, don Eleuterio, y mucho!
-¿Le duele cuando respira?
-No, cuando se mueve…
-Caramba, qué extraño, ¿tiene tos?
-No…
-¿Tiene fatiga, quizás?
-No, tampoco…
-Tiene fiebre, seguro.
-¿Fiebre? No, no tiene…no.
-Pues qué narices tiene, ya me dirá usted! Algo tendrá!
-Sí…un cuchillo…
-¿Un cuchillo?
-En el pecho, “clavao”…Y bien grande, el de despiezar corderos, ahí lo tiene, clavao, y eso tié que doler, sabe usté?
-¡Madre del amor hermoso! ¿Y quién se lo ha clavado?
-Bartolo, el de las patatas…se pusieron los dos a beber aguardiente de bellota, ya me entiende, y venga a beber, y se enfrascaron en discusión, mi marido le llamó “destripaterrones”, se vé que al Bartolo le sentó mú mal, y a lo primero le dijo: pues ánda que tú, só paleto, matarife  destripaterneros de tres al cuarto,  y no sé qué más le dijo y mi marido agarró el cuchillo y…
-Y el Bartolo se lo quitó de las manos y se lo clavó!
-¡No, no, mi marido le dió el cuchillo y le dijo que no había nadie que lo usara con tanta maestría como él, que destripar patatas lo hacía cualquier cateto agachao…
-Y entonces para qué le dio el cuchillo?
-Como estaba borracho, no sabía lo qué decía…sabe usté?
-¿Y qué decía?
-Decía: “Venga, cógelo, so paleto, a ver si sabes  usarlo!”, y el Bartolo lo cogió y se lo endiñó entre pecho y espalda, borracho también, claro…
-¿Y luego?
-Pos luego dijo mi marido, ¡Ay!
-¿Y el Bartolo?
-Ahí se ha quedao, durmiendo la tajá, a ése no lo despierta ni una corná…ni se ha dao cuenta de lo que ha hecho…
-Por Dios bendito, Frasca, y tu marido, ¿no se ha muerto?
-Al venirme yo hacia aquí estaba vivito, eso sí, no se podía mover, ahora…pues no sé yo…lo mismo, cuando vuelva pá casa ya se ha desangrao como un ternero.
-¿Y qué quieres que haga yo,? si no hay medicina que cure eso, mujer, lo que hay que hacer es sacarle el cuchillo y si no se muere, véte a la iglesia a ponerle una vela a San Demetrio y, de paso, llévate al cura  que le dé la extremaución. Yo estoy muy ocupado y no puedo salir de la botica ni por asomo.
-Don Eleuterio, yo no me atrevo…
-¿Cómo que no te atreves? Frasca, por el amor de Dios, que llevas toda la vida despiezando pollos y terneras, no será tan distinto, digo yo…
-¿Y si se me muere mientras le saco el cuchillo?
-Pues nada, al que se muere lo entierran, ¿qué le vamos a hacer? Así es la vida, por lo menos se habrá muerto bien alegre, con la torrija, porque te voy a decir una cosa, Frasca, ésto tenía que pasar tarde o temprano, tu marido ha tenido siempre muy mal beber, ¿te acuerdas de aquella vez que se emborrachó en Nochebuena y le dió por cortarse la uñas de los pies con el cuchillo jamonero?
-¡Uy, vaya si me acuerdo, don Eleuterio, lo que me reí aquel día, yo me había bebido dos copitas de cazalla ¿sabe usté? Por eso me hacía tanta gracia verlo así, hasta que se llevó cuatro dedos por delante, dos por cada pie!¿se acuerda?¡Cómo sangraba el desgraciado, más que un cochino en la matanza!.-, la mujer se echó a reír a carcajadas y añadió, secándose las lágrimas de la risa-¡Y luego…echó los cuatro dedos en el puchero, jajajaja! Pá hacer pies de cerdo a la cazuela, decía, ay, qué hombre, qué gracioso, lo que me hizo reír…
-Y qué bruto, si me lo permites, no se puede ser más bestia, y más cazurro, y tú, perdona que te lo diga, tres cuartos de lo mismo, ahí, riéndoae con la macabra broma! Mire ¿sabes lo que te digo? Que andes para tu casa y me dejes en paz, que si no le puedes sacar el cuchillo y se muere, pues que le dén por donde amargan los pepinos, y no me moleste más con tanta tontería de cuchillos clavados y demás pormenores, que tengo cosas mucho más importantes que hacer que andar a casa de un carnicero aceporrado y borracho.
-Bueno, haré lo que pueda, don Eleuterio, y perdóneme que le haya molestado tanto, muchas gracias por atenderme y por darme tan sabios consejos, mañana mismo le traigo un cesto con dos conejos y una gallina…
-Mujer, no tienes por qué…pero te lo agradeceré, ¿y… si en vez de una gallina, me pones un cochino lechal?
-Eso está hecho, qué bueno es, don Eleuterio, hala, buenas tardes tenga usted.
-¡Ggggg…!-carraspeó el boticario en voz baja y, aún con la falsa sonrisita en la boca, saludó a la Frasca, que se alejó por la acera.
-“Qué mujer tan pesada”- se dijo, y cerró de nuevo la puerta, corriendo la cortinilla para que nadie más volviera a llamar.
Con las voces, Ildefonso se despertó, e intentó levantarse del suelo. Aturdido, miró a su alrededor, tratando de averiguar dónde se hallaba, qué hacía en el suelo y por qué le dolía tanto la cabeza y un lado de la cara.
Entonces apareció el boticario con algo entre las manos.

*   *   *

Continuará…

De una mierda y su verdadera historia Capítulo III


DE UNA MIERDA Y SU VERDADERA HISTORIA QUE, POR UN QUERER, HABÍA QUE DEVOLVER

Capítulo III

Al señorito Ildefonso le quedaban dos telediarios para confesar. Lo que le parecía una mirada cálida y amigable, eran en realidad unos ojos fríos y calculadores clavados en él, los del boticario, que escudriñaban con ansia su interior, tratando de sacar de sus entrañas el más íntimo secreto guardado.
Don Eleuterio sabía muy bien que tarde o temprano el muchacho acabaría contando lo que tuviera que contar, sólo era cuestión de tiempo, pues la infusión “relajante” que acababa de tomarse el muchacho no era precisamente tila o manzanilla, sino un brebaje preparado por él a base de hierbas hipnóticas cuidadosamente seleccionadas y destinadas a crear un estado de bienestar y placentera confusión mental, capaz de  alterar la conciencia de quien las tomara. 
Transcurrieron unos diez minutos, durante los cuales, el boticario saboreó su pipa en silencio y el muchacho, cabezada va, cabezada viene, casi se desnuca.
-Don Eleu…terio- farfulló, con dificultad-…¡cuánta paz!
-¿Has dicho paz, hijo?- inquirió el boticario.-¿Sientes paz?
-Mucha…don Botiquerio, digo… don Eleuterio, no sé lo que me pasa…es muy extraño…, nunca me había sentido así…
-¿Así…?¿Qué quieres decir, qué es lo que sientes?
-Pffff! No sé cómo explicarlo…-Ildefonso sacó un pañuelo para secarse el sudor que corría por sus mejillas- estoy como flotando y viendo cosas que escapan a mi compresión, pero estoy muy a gusto, juro que jamás estuve tan a gusto en mi vida…Verá usted, don Botica, digo don Cifuenterio, digo don Buenafuente…pardiez! Perdóneme, que no logro recordar su nombre, y…¿qué es eso?
Ildefonso miró hacia arriba.
-Ahí, sobre su cabeza, don Bueneterio, ¿no lo ve?
-No veo nada, ¿qué es lo que hay sobre mi cabeza, aparte del humo de mi pipa?
-Caras…veo caras sonrientes…y…culos en pompa, como sonriendo también!
-¿Culos?-preguntó don Eleuterio- y díme…¿qué te sugieren esos culos?
-No sé, estoy confuso…es como si…cada culo fuera el de cada cara que sonríe…
-¿Quieres decir que estás viendo una cara por culo?
-Sí, sí! Algo así…y están la mar de contentos…cada cara con su culo, sonriendo…
-¿Y por qué crees que están tan contentos?
-No estoy seguro, don Bociferio…pero creo que están en paz, son culos que cagan como Dios manda, y por eso sonríen…
-¡Caramba, ahora que lo dices! Ya los veo…sí, fíjate en ése de ahí, me resulta familiar.
-¿El culo, o la cara?
-Ambos, ¿no lo ves? Ya sé, es mi culo, oh sí,  lo reconocería entre un millón!
-Ya lo veo, ¿está seguro?, claro que yo no he visto nunca su culo, pero si usted lo dice…será.
Don Eleuterio soltó una risita y carraspeó.
-Qué curioso, hay más de una docena de culos y caras a nuestro  alrededor, incluso me ha parecido ver el de tu honorable padre…
-¿De verdad? ¿Cuál es, don Boliterio?
-Aquél de allí, está al lado del culo de doña Justina, la panadera.
-Pero, ¿cómo puede reconocerlos con tal facilidad, don Elifuentes?, al fin y al cabo, las caras no se ven con claridad .
-Muchacho, soy el boticario, he puesto cientos de inyecciones en cientos de traseros durante años a la mayoría de las gentes de este pueblo, y, si he de ser sincero, algunos culos son difíciles de olvidar, sin embargo…no veo el tuyo por ninguna parte…¿dónde estará?
Ildefonso bajó la mirada, avergonzado, y murmuró:
-El mío no se encuentra aquí, don Boticafuentes, imposible.
-Veamos…tiene que estar- insistió el boticario, aparentando buscar con la mirada.
-Le digo que no.
-Sólo es cuestión de comparar- apuntó don Eleuterio, y, acto seguido, se desabrochó el cinturón y se bajó los pantalones y los calzoncillos, dejando al descubierto su blanco y flácido trasero, ante la sorprendida mirada de Ildefonso.
-¿Ves?- dijo, señalando el imaginario culo en el aire- aquél de allí es el mío, observa con atención, ¿no son iguales?
El pobre Ildefonso, confuso, afirmó con la cabeza, sin demasiada convicción.
-No hay lugar a dudas, ahora buscaremos el tuyo, bájate los pantalones y comparemos.
-¿Usted cree don Beleuterio?, no sé…-el muchacho vacilaba, a pesar de su embriaguez, pero finalmente acabó por despojarse del pantalón y el calzón, mostrando el trasero desnudo al boticario. El hombre, al ver el grano gigantesco que sobresalía entre los carrillos, rompió a toser y se le cayó la pipa al suelo.
-¡Santo Cristo!- exclamó.
-¿Qué ocurre, don Bucientes, lo ha encontrado ya?
-¡Por San Gregorio y la Virgen de la Chancla! En la vida he visto nada igual!
El boticario se relamía de entusiasmo ante aquel descubrimiento y la visión de la almorrana secreta del señorito Ildefonso le produjo un intenso placer, a la vez que un asco horroroso, por qué no decirlo, y ni tan siquiera se percató de que el muchacho empezaba a tambalearse, mareado y agarrado a sus pantalones, y un segundo antes de caerse, logró articular una frase:
-Don Bo…lientes…creo que no me encuentro bien…

Continuará…  

De una mierda y su verdadera historia Capítulo II


DE UNA MIERDA Y SU VERDADERA HISTORIA QUE, POR UN QUERER, HABÍA QUE DEVOLVER
Capítulo II

Ildefonso y María Julandrona festejaron durante semanas. Se amaban el uno al otro apasionadamente, y cada tarde, en el pajar, se pegaban el filete con el desenfreno propio de las carnes, mas de ahí no pasaban… no había manera de culminar, dicho de otro modo, a un mes de relación, aún no habían pegado un polvo en condiciones. Y…¿cuál era el motivo?...la almorrana de Ildefonso.
Porque el grano molestaba de tal forma que obligaba al muchacho a contenerse cuando ella, abierta de patas, esperaba ser “llenada” de amor. Ildefonso apretaba los carrillos del culo, temeroso de “cagarla”, y no sentía placer alguno, lo único que sentía era que el maldito forúnculo se inflaba a la vez que su miembro viril se desinflaba. María Julandrona gritaba, ansiosa:
-¡Házme tuya, amado mío!
-¡Allá voy, mi princesa!- respondía él…pero nada, se quedaban a dos velas, sobretodo la muchacha, porque él, al fin y al cabo, no tenía necesidad de “descargar”, dado que “aquello” no se ponía como se tenía que poner.
María Julandrona se lo tomaba bastante bien, aunque poca gracia le hacía, y fue comprensiva en los primeros encuentros y revolcones fallidos, dado que estaba enamorada del señorito Ildefonso, sin embargo, no tardó en buscar remedio y alivio a sus calenturas, con otros mozos de la comarca. Cada tarde, después del ratito que echaban en el pajar besuqueándose y poco más, se despedía de su amado y acudía en busca de alguno de sus pretendientes, que los tenía a montones, y fornicaba como perra en celo jurándose a sí misma que Ildefonso era el amor de su vida y que tan sólo lo hacía para desahogarse. Se tiró a una veintena de mozos, se lo pasó bomba y cuando alguno de ellos, en plena faena, le decía:
-¡Mira que eres guarra, Julandrona, que vienes del pajar y no tienes bastante con tu novio el señorito!
-Calla, zopenco, y no pares!- exclamaba ella-que yo a tí te tengo para la jodienda, y a mi novio para el amor.
-Vamos, que no te dá lo tuyo el señorito!
-Es que no se le pone tiesa, qué quieres…y, aún así, le amo perdidamente!
Y así fue pasando el tiempo… Ildefonso con su almorrana, dando por culo, nunca mejor dicho, y sin poder cagar, María Julandrona poniéndole los cuernos día tras día, por amor…claro, y don Eleuterio Cifuentes, el boticario, al acecho. Cualquier rumor llegado a sus oídos bastaba para despertar su naturaleza cotilla y maquinadora. Y, casualmente, una tarde, cuando se disponía a cerrar la puerta de la botica, escuchó el inicio de una conversación de lo más interesante. Más allá, en la esquina de la calle, una pareja dialogaba…eran el señorito Ildefonso y María Julandrona. Aguzó el oído para no perder detalle.
-¿Es que no me amas, Ildefonso?- decía ella.
-Claro que te amo! Con toda mi alma, querida mía, ¿acaso lo dudas?,¿por qué me lo preguntas?
-Porque cuando estamos juntos, en el pajar, tu pasión por mí mengua justo en el instante en que has de poseerme, se te pone tan pequeña como un champiñón y no logro comprenderlo, ¿qué es lo que te ocurre?
Unos segundos de silencio…Ildefonso no hallaba respuesta apropiada. Don Eleuterio pegó la oreja entusiasmado… “¿pequeña como un champiñón?”… intuyó que ahí había algo raro, algo  secreto, que estaba a punto de descubrir.
Ildefonso respondía:
-Tu incertidumbre me causa tanto dolor y sufrimiento como el que llevo padeciendo tiempo atrás…incluso antes de conocerte y amarte…
-Me lo expliques, por Dios, o enloquezco…
-Ni te lo explico ni enloquezcas, y estás más bella si no haces preguntas imposibles de responder.
-Pero!...es menester que me cuentes todo aquello que te aflija y acontezca, sobretodo en el tema de la jodienda, mi amor, pues, de otro modo, habré de pensar que no me amas o que no soy lo bastante atractiva para tus deseos carnales.
-No te equivoques, mujer, que no van por ahí los tiros…  ponerme, me pones, pues además de amarte, confieso que estás más buena que el jamón de bellota, sueño día y noche con ponerte mirando pá Cuenca y hacerte gozar como una vaca pastando en los verdes prados  asturianos, no te imaginas las ganas que tengo yo de mojar, y culminar nuestro amor con un polvazo tal, que las cuencas de tus hermosos ojos darían la vuelta…pero…
-Pero…¿qué?
-No insistas, te lo ruego.
-Si no me lo dices,  juro que te abandonaré y me iré con cualquier otro que tenga buena disposición y… buen paquete!
-No puedo, sólo de pensar en contártelo, siento más vergüenza que una oveja recién esquilada…
-Pero ¿es que tan gordo es el problema que padeces?
-¿Gordo, dices? Gordo como un aberroncho de la huerta, gordo como un melón manchego…gordo como el pandero de la tía Ambrosia, gordo como el cabezón del padre Nemesio, que en paz descanse…gordo…
-¡Calla, por Dios! Sí, será muy gordo, ya me he enterado, todo lo gordo que quieras, pero sea lo que sea, seguro que ha de tener remedio…
-Es que además de gordo, es molesto, y mucho, tan molesto como un pelo en la boca, tan molesto como la retahíla del pregonero, tan molesto como tu primo Bartolo tocando la flauta, tan molesto como Manolo el del bombo, tan molesto…
¡Plás!, El sonido del bofetón que le dio María Julandrona a Ildefonso provocó un intenso placer a Don Eleuterio, que escuchaba con deleite la conversación.
-¡Despierta, y compórtate como un hombre! Tu histeria me está agotando la paciencia, y tu necedad me está tocando ya las narices, o me cuentas el problema o despídete de mí para siempre!
Ildefonso, con el moflete encarnado por el tortazo, se echó a llorar en brazos de la muchacha.
María Julandrona no soportó más aquella situación. Al ver llorar a su amado se le quitaron de golpe las ganas de seguir amándole. En un instante, comprendió que había estado amando a un panoli, cobarde, y encima impotente. No lo dudó y se deshizo de sus brazos, dejándolo allí, de rodillas, sollozando. Se dió media vuelta y se largó calle abajo.
El señorito Ildefonso lloró a moco tendido durante largos minutos, incapaz de hablar, viendo a su amada alejarse, y viendo a don Eleuterio acercarse hasta él. El boticario se agachó y le tomó del brazo. Con voz de consuelo, le dijo:
-¡Dios del amor hermoso y la Virgen de los faroles! Pero ¿quién tenemos aquí? Si es el señorito Ildefonso Peláez, de los Almorraneros de Orduña,  sumido en llanto y congoja…
El pobre Ildefonso se dejó llevar, levantándose del suelo y don Eleuterio le rodeó los hombros con su brazo amigablemente, al tiempo que le susurraba:
-Ven, muchacho, y comparte conmigo tu aflicción, no hay pena peor que la que no se puede contar…pero hay ciertos momentos en la vida en los que las penas deben ser contadas, si se tiene a alguien que quiera escucharlas, y aquí me tienes para escucharte y ayudarte al desahogo y a la posterior solución de las mismas.
A lo tonto a lo tonto, lo fue llevando hasta la botica, y lo metió dentro, cerrando la puerta tras de sí. Le importaba un pimiento la pena y el dolor de Ildefonso, lo único que anhelaba era enterarse, a toda costa, de su problema secreto.
Le preparó una infusión de hierbas tranquilizantes y esperó a que el muchacho recobrara la compostura.
-Es usted muy amable, don Eleuterio- dijo Ildefonso un rato después, ya más sosegado.
-Bueno….eso está mejor- dijo el boticario, tomando asiento y encendiendo su pipa- no me gusta la palidez de tu rostro, muchacho, y esas ojeras te delatan…cuéntame, cuéntame sin reparo cuál es tu problema, y veremos qué se puede hacer…
Ildefonso tragó saliva y observó la cálida mirada de don Eleuterio clavada en él.
*   *   *

Continuará…

De una mierda y su verdadera historia Capítulo I


DE UNA MIERDA Y SU VERDADERA HISTORIA, QUE, POR UN QUERER, HABÍA QUE DEVOLVER

Capítulo I


Ésta es la verdadera historia que desvelará a la luz pública los entresijos de un amorío prohibido y que, por fin, confirmará con documentos, sellos e incluso, un cacho de la popular cagá, la autoría del famoso poema que tantos plagiadores han pretendido hacer suyo. Es obligado recordar la célebre estrofa:

“En tu puerta me cagué
creyendo que me querías
y ahora que ya no me quieres
dáme la cagá que es mía.”

Parte de aquella cagarruta se conserva intacta en el Museo de la Reliquias de Villaluengo del Aberroncho, en Cáceres. De no haber sido porque el hacedor del hermoso furullo, por despecho, quiso que le fuera devuelta de manos de su amada, hoy en día no tendríamos referente alguno, ni tan siquiera las bonitas estrofas que en aquel entonces pronunció el amante traicionado, y que dieron forma a este célebre romance. Y, si en este siglo XXI,  lo cantamos entre risas, sobretodo cuando llevamos la  torrija encima, hemos de saber que estas rimas nacieron del dolor, de un corazón destrozado que sufrió de amargura el resto de su vida.
NOTA: Como curiosidad para cagarrutófilos, también se conservan en el citado Museo de las Reliquias los calzones cagaos con las zurraspas impregnadas, que, dicho sea de paso, han dado lugar a una novedosa modalidad en el mundo de la videncia.

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ZURRASPEL
VIDENTE, BRUJO, SANADOR
Veo el futuro en tus calzones cagaos.
Por tus zurraspas sabrás qué te depara el destino.
Tírate un pedo sólido y tendrás un mensaje.
Abstenerse curiosos o quien tenga diarrea. Te. 902 000 999 222
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La historia se inicia allá por el siglo XV, y, según los escritos de la época, rondaba el señorito Ildefonso Peláez de Orduña, de la familia de los Almorraneros de Orduña, terratenientes y tacaños de cojones, a una muchacha del pueblo, la hija pequeña del conde de Aros de Guanderbrá. María Julandrona se llamaba, y era conocida en toda la región por ser algo  ligerita de cascos. Se vanagloriaba de tener docenas de pretendientes, y a todos les hacía pasar por el aro, el del guanderbrá, claro. El señorito Ildefonso cayó en sus despendolados brazos y se enamoró perdidamente de María Julandrona, y un acontecimiento desencadenó el drama. Este buen mozo guardaba celosamente un secreto: sufría en silencio. Sí, sufría, de hemorroides, lo que en aquella época se conocía como tener un grano en el culo.  En aquellos años este hecho resultaba algo vergonzoso para la sociedad, y el infeliz que tenía la mala fortuna de padecerlo, debía ocultarlo a toda costa, por las malas lenguas. El forúnculo maldito del señorito Ildefonso ahí estaba, engordando día a día, y el pobre muchacho ni podía jiñar ni pedir consejo al boticario porque si le pedía algún remedio para hacer caca, el boticario se encargaba de desenmascararlo y ponerlo en evidencia. Fue precisamente el boticario, don Eleuterio Cifuentes, el que corrió el rumor de que las almorranas eran propias de maricas y gentes de mal vivir.
Los pobres de la época, al ser pobres, nada poseían, obviamente, tan sólo tenían hambre, hijos, callos, juanetes, piojos o almorranas. Tener almorranas no era cosa de ricos, aunque las tenían, como todo hijo de vecino, pero se lo callaban. De ahí surgió el famoso slogan “sufrir en silencio”. Porque cuando un pobre tenía una almorrana, lo decía abiertamente y sin tapujos. Mismamente en la cantina, a la primera de cambio, algún campesino  comentaba: -“Oye, me ha salido un grano en el culo que ni te cuento, más gordo que una bellota.” Y el contertulio le respondía con total naturalidad: -“Claro! por eso no te subes al burro estos días ¿no?, a eso le llaman almorrana, creo, a mí me salió una el verano pasado, y oye, al principio era como un garbanzo, pero luego creció  tanto que parecía una cebolla, y cómo picaba la jodía! Ni sentarme podía, y estuve sin cagar tres meses!”

*   *  *
( Continuará… )